LAS DOS COLUMNAS *
SIETE MAESTROS MASONES

El pórtico del Templo sustentado por dos columnas es la zona de pasaje que separa la Logia de los Pasos Perdidos, o mundo profano.

Al aspirante, que nace con la iniciación a un tiempo y un espacio sagrados, que sale de las tinieblas para recibir la Luz, le es enseñado a colocarse entre estas dos columnas de la entrada, en el lugar central o medio donde se produce el equilibrio o armonización de toda dualidad a través del eje vertical invisible. En ese punto, entre columnas, y estando al orden, el masón se mantiene en una actitud receptiva y es así como recibe la instrucción del grado y le son comunicados los signos, palabras y toques que la Masonería atesora para él; pero también es ahí, entre columnas, donde toma decisiones definitivas para su proceso iniciático, cuyo compromiso ratificará en el Altar de los juramentos.

Leemos en el capítulo segundo de la obra Hermetismo y Masonería1  que en el antiguo manuscrito masónico Cooke de la Biblioteca Británica, escrito alrededor del año 1400, se dice que toda la sabiduría anterior al diluvio de Noé fue recogida en dos grandes columnas. Más tarde, una de ellas fue descubierta por Pitágoras y la otra por Hermes el Filósofo, los cuales transmitieron las enseñanzas que ellas contenían a los hombres. Y citando textualmente:

Es obvio que esas columnas, u obeliscos, asimilados a los pilares J. y B. son las que sostienen el templo masónico –y a la vez permiten el acceso al mismo– y configuran los dos grandes afluentes sapienciales que nutrirán la Orden: el hermetismo que asegurará la protección del dios a través de la Filosofía, es decir del Conocimiento, y el pitagorismo que dará los elementos aritméticos y geométricos necesarios que reclama el simbolismo constructivo.

Añadiendo, más adelante, que ambas columnas se perciben además, como las piernas de la Madre Logia que pare al Neófito

por la sabiduría de Hermes, el gran iniciador, y por Pitágoras el instructor gnóstico.

En otro orden, estas dos columnas del Templo Masónico simbolizan también la dualidad presente en la creación, la multiplicidad en que se manifiesta la Unidad al reflejarse a sí misma.

La misma dualidad que representan los principios activo y pasivo en el Azufre y el Mercurio; el yang y el yin, las fuerzas expansiva y contractiva o centrífuga y centrípeta que rigen todo movimiento binario. Así como igualmente lo hacen el día y la noche, el Sol y la Luna y también, en un aspecto, simbolizan la Luz y las Tinieblas. Lo masculino y lo femenino que diferencian todo lo creado y definen sus características y en definitiva todos y cada uno de los pares de opuestos que uno pudiera nombrar.

Pero es claro que para que dos cosas, conceptos o ideas se opongan necesariamente tiene que haber algo común a ambas y que es aquello que las une y las hace complementarias.

Tomando los principios básicos en que se funda la ciencia alquímica encontramos al Azufre y al Mercurio que se neutralizan en la Sal. Yin y yang se armonizan en el Tao.

La Cábala nos muestra que en el Arbol de la Vida, imagen del orden permanente de la creación, la columna del Rigor y la columna de la Gracia se hallan equilibradas en el Pilar central.

En el Caduceo de Hermes o Mercurio vemos cómo energías contrarias y por ende, cualquier par de opuestos, en este caso representados por dos serpientes, se unen por la acción de un eje central que las concilia, las ordena y las trasciende. Ellas, como se expresa en dicha obra,

… representan la dualidad, propia de todo lo creado en el Cosmos. Y la interacción de estas serpientes enrolladas en el eje universal en tres niveles refleja, por un lado el plan del Universo, y por otro la conjunción de los opuestos efectuada igualmente en todos los mundos. Mediante esta unión de los contrarios puede irse escalando a través del eje hasta que esa dualidad es superada por la función polar del eje mismo, que trasciende los opuestos, y victorioso se eleva hacia un espacio definitivamente otro.
 

En el mismo sentido dice el hermano René Guénon en El Simbolismo de la Cruz2:

La unidad principial exige que no hayan oposiciones irreductibles; pues, aunque bien es cierto que la oposición entre dos términos existe en las apariencias y posee una realidad a un cierto nivel de existencia, esta oposición debe desaparecer como tal y resolverse armónicamente, por síntesis o integración, pasando a un nivel superior. … El mismo complementarismo, que sigue siendo una dualidad, en un cierto grado debe borrarse ante la unidad, al neutralizarse y equilibrarse en cierto modo sus dos términos, al unirse hasta fusionarse indisolublemente en la indiferenciación primordial.
 

Volviendo al templo masónico podemos distinguir en su interior dos columnas: una que se proyecta a septentrión, nocturna y a la izquierda donde tienen su lugar los aprendices, y otra a mediodía, diurna y a la derecha donde lo tienen los compañeros; ambas se extienden, por así decir, ocupando los laterales del laberinto de mosaico también imagen de la dualidad.

El masón en su camino iniciático viaja por el filo o justo medio, armonizando y conciliando los contrarios en su recorrido desde las tinieblas hacia la luz, en un proceso de retorno al verdadero Origen que es suprahumano y supracósmico.

En la instrucción del Primer Grado, a propósito del estudio de los misterios del número tres, se dice que

hay lugar a llevar a la Dualidad hacia la Unidad por medio del número Tres. El Ternario, síntesis de lo que parece opuesto, constituye para nosotros la representación inteligible de la Unidad. Por esta razón la Masonería recuerda la luz del ternario por sus principales símbolos.
 

Sabemos que el simbolismo matemático, aritmético y geométrico es especialmente apto para la transmisión de verdades de orden superior, tal como lo testimonian las enseñanzas pitagóricas, la esencia de las cuales fue recogida por las Artes Liberales medioevales y renacentistas y la propia Masonería. En palabras de los Siete Maestros Masones:

todas la tradiciones de la antigüedad, rindieron de alguna manera culto a este número, y vieron siempre en la Tríada o Ternario un gran misterio, que se expresa también a través de los Tres Principios que regulan toda la creación, que no son otra cosa que la unión de los contrarios.
 

René Guénon en un artículo recogido en el Cuaderno de la Gnosis nº 4 (Ed. Symbolos) titulado Sobre los Números y la notación matemática, explica mediante este simbolismo que el Ser-Unidad se manifiesta en la multiplicidad indefinida de los números, dado que los contiene "como potencia de ser", y que estos dimanan de él como submúltiplos de sí mismo. Todos los números, nos dice, pueden considerarse como emanados por parejas de la Unidad; se trata de parejas que matemáticamente corresponden a la fórmula "1/n multiplicado por n", que siempre es igual a 1; números inversos o complementarios pero indiferenciados en el seno de la Unidad y que no serán distintos más que cuando se los considere separadamente, apareciendo entonces la Dualidad; una dualidad indivisible, reflejo de la Unidad primordial.

Y dice textualmente:

Y, así como no podemos concebir al No-Ser más que a través del Ser, no podemos concebir al Ser-Unidad más que a través de su manifestación ternaria, consecuencia necesaria e inmediata de la diferenciación o de la polarización que nuestro intelecto crea en la Unidad.
 

En la geometría, dicen los Siete Maestros Masones, la unidad se polariza en la línea recta; pero esa línea, para que pueda tener dos polos, tiene que tener también un punto central a partir del cual la polarización se produjo.

En medio del Paraíso Terrenal, que representa el centro del mundo, se halla plantado, como un eje, el Arbol de la Vida. El mismo que también encontramos en medio de la Jerusalén Celeste y que simboliza la Unidad.

René Guénon, en el capítulo IX del Simbolismo de la Cruz, recoge y estudia este símbolo del Génesis y nos recuerda que también en medio del Jardín del Edén

se halla el Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal del cual Adán tiene prohibido comer el fruto.

Bien y mal son términos claramente opuestos y característicos de la dualidad, la cual no conoce Adán hasta el momento de su caída, es decir, cuando probando del fruto del Arbol de la Ciencia, se aleja de ese centro o estado sin dualidad en el que se manifiesta la Voluntad del Cielo o donde se es uno con ella.

Aunque se dice también en el Génesis que después de comer del Arbol de la Ciencia, Adán sólo tenía que "tender la mano" para coger de nuevo el fruto del Arbol de la Vida, pudiendo recuperar de este modo, con la voluntad de este gesto, el "sentido de la unidad" y volver al centro, o lo que es lo mismo, restaurar el estado primordial y, así, la posibilidad de la realización del Ser total.

El símbolo del Arbol Sefirótico reúne en sus tres columnas al Arbol de la Vida en su eje o pilar central y al Arbol de la Ciencia en sus dos columnas de Gracia y Rigor. Los cuatro mundos o planos en los que jerárquicamente están distribuidas las energías que lo configuran son un modelo del universo y del proceso de manifestación mismo, por el cual sabemos que todo parte de la Unidad y vuelve a la Unidad y que, en este recorrido o intervalo, se produce la ilusión de la dualidad.

La iniciación y sus viajes son análogos a la creación misma. Es esta una Gracia que se realiza con la ayuda de los vehículos y soportes legados por la Tradición con el estudio y la meditación de los símbolos, los ritos y la vivencia o encarnación de los mitos. Se trata de un trabajo de invocación, de memoria y reconocimiento, el viaje mítico que se emprende "naciendo" entre columnas a un espacio-tiempo otro, donde dos energías opuestas inicialmente se perciben también como complementarias, y conjugándose en armonía se reconocen en sí, indistintas e integradas a una sola y única realidad o Principio Unico, Absoluto, eternamente Presente, Ilimitado, Vivo y Actual.


NOTA
* Este trazado pertenece al volumen de arquitectura: La Logia Viva: Simbolismo y Masonería, publicado por Ed. Obelisco, Barcelona, julio 2006.
1 F. González, "Tradición Hermética y Masonería".
2 Ed. Obelisco, Barcelona 1987, cap. VII.
   


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