EL FUEGO FILOSÓFICO *

SIETE MAESTROS MASONES

Pontanus en su Epístola del Fuego Filosófico afirma que todo el magisterio de la Piedra se encuentra en las breves palabras del único Hermes. Veamos que dice Hermes en su discurso La Clave:

La mente, pues, cuando marcha del cuerpo terrenal se reviste inmediatamente de su propia vestimenta adecuada, esto es, una vestimenta de fuego…,

y añade más adelante:

la mente es la hacedora de las cosas, y al hacer las cosas usa al fuego como instrumento.

La mente, nous, espíritu, corresponde al fuego, siendo análogo a la voluntad. El fuego filosófico se identifica pues con la voluntad en cuanto ascesis encaminada a obtener un desarrollo espiritual.

Este fuego disuelve las "conchas", las impurezas incrustadas en el alma o mundo intermedio, cuyas densidades impiden a las influencias celestes descender a la Tierra Filosófica, del mismo modo que impide ascender las influencias telúricas hacia la Bóveda Celeste.

El mundo intermedio o alma es el lugar donde ambas influencias sutiles deberían mezclarse y rectificarse mutuamente, por eso la primera operación de la Obra es la purificación de la Materia, para lo que previamente el Artista debe haber aprendido a encender el fuego extrayéndolo, por los medios apropiados, de la Mina donde arde consumiéndose a sí mismo en espera de ser liberado, así como a manejarlo según los grados convenientes a cada fase de los Trabajos. Pues si su presencia ha de ser constante, sin él no sería posible realizar la Obra, su intensidad no es siempre la misma.

El fuego, siendo un elemento natural, aunque de origen celeste, sufre alteraciones de grado según las leyes que rigen la Naturaleza, por lo que ésta ha de ser nuestra primera maestra y guía.

Así pues, una vez el aprendiz del Arte conoce la Materia, el Fuego y sus grados, puede comenzar los Trabajos de la Obra, y empezará por la putrefacción, pues la vida sólo puede surgir de la muerte, y sin regeneración no es posible extraer el calor del Azufre ni la humedad del Mercurio.

Es necesario añadir que aun cuando se habla del fuego en singular, como siendo uno, habría que considerarlo como doble; uno celeste y otro terrestre. El celeste es puro, luz que no quema, mientras que el terrestre ilumina pero quema, y es impuro. Sin embargo los dos son necesarios.

El fuego terrestre es connatural a todo ser, siendo aquel calor que anima la vida y la sustenta. Pero así como en los seres sin razón dicho fuego es el que les permite sobrevivir, en el ser humano, dotado de razón, puede ser el aguijón que le hiera y la cadena que le ate a los mundos inferiores, o bien la chispa que prenda en él la llama oculta en el fondo de la Mina.

Ahora bien, puesto que es necesario un impulso hacia lo superior, éste sólo se producirá si el fuego celeste desciende y anima al fuego terrestre; de esta forma será posible el ascenso de la oscuridad a la luz.


NOTA
* Este trazado pertenece al volumen de arquitectura: La Logia Viva, Simbolismo y Masonería, publicado por Ed. Obelisco, Barcelona, julio 2006.
   


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